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lunes, 3 de noviembre de 2025

Me he hecho la micropigmentación tras años dudando; todo lo que me frenaba antes del procedimiento

Está mal que yo lo diga, pero todavía no he conocido a nadie que sepa maquillar las cejas tan bien como yo. En apenas seis minutos —y gracias a un pulso más propio de un ladrón de cajas fuertes y a un eyebrow pencil de punta más fina que un alfiler— lograba cada mañana dibujar, pelo a pelo, unas cejas pobladas y tupidas sin restarles un ápice de naturalidad. ¿El problema? Que si no me las pintaba, no conseguía verme bien. Porque, aunque tengo una melena densa y envidiablemente sana, en las cejas… Nada. Calvas, poca densidad, pelo fino y escaso. Y aunque probé de todo —sérums, tratamientos y remedios varios (algunos, he de decir, me funcionaron muy bien)—, la realidad es que mi caso pedía una solución más rápida y, sobre todo, duradera.

El caso es que el microblading y la micropigmentación, las técnicas más útiles en estos casos, me daban más miedo del que puedo explicar. ¿Realmente esos seis minutos por la mañana me suponían tanto esfuerzo como para arriesgarme a que mis cejas no quedaran a mi gusto, y no pudiese corregirlas con un poco de agua micelar? Durante años creí que no… Hasta que más amigas se animaron, y sus resultados me hicieron replanteármelo. Decidí, al menos, informarme. “El hecho de tener menos pelo en las cejas suele deberse a causas hormonales o, en muchos casos, a modas antiguas: antes se abusaba mucho de las pinzas y eso daña el folículo. Con la edad también se pierde densidad en la zona”, me explicó Mónica Aránguez, experta en micropigmentación estética con más de doce años de experiencia. Su clínica, en el centro de la capital, fue mi elegida tras una exhaustiva búsqueda (y un espionaje intensivo de las redes sociales de más de una decena de centros).

“¿El color de la micropigmentación variará con el tiempo?”

Mi objetivo con aquella visita no era tanto conseguir esas cejas de editorial de belleza que me obsesionaban, sino aclarar mis miedos. El clásico: que si me hacía la micropigmentación, el color virara con el tiempo a un tono verdoso o, peor aún, rojizo. “Es cierto que algunos pigmentos pueden virar con el tiempo, pero eso no significa que sean malos —me aclaró Aránguez—. Suele deberse a una mala combinación de tonos o a un uso incorrecto del dispositivo en el que se ejerza demasiada presión. Un buen pigmento, bien trabajado, siempre tenderá a un tono cálido o frío, pero dentro de lo natural”. “Eso sí”, añadió, “ten en cuenta que al principio el pigmento se ve más oscuro. A medida que la piel cura, se pierde hasta un 50% del color inicial y el tono se acerca al definitivo. A los siete días el color empieza a bajar, a los quince sube un poco, y por eso se valora el resultado final a los cuarenta días, cuando ya se ha asentado del todo. Ahí, te veré de nuevo para retocarlas si fuese necesario”.

“¿Cada cuánto tiempo debo retocar la micropigmentación?”

Vale… ¿pero y el resto de retoques? Porque la idea de tener que depender de un mantenimiento anual tampoco me entusiasmaba demasiado. “Se intenta que dure bastante —me tranquilizó—, pero lo más importante es cómo se ve con el paso del tiempo. Los retoques se hacen aproximadamente al año y medio, y luego a los cuatro años. Pero no se debe retocar por retocar: cada persona elimina el pigmento a su ritmo. Si no respetamos los tiempos, la piel se satura y aparece ese efecto ‘ladrillo’, como de rotulador, que hay que evitar. Si no te las tocas durante un tiempo tu cuerpo elimina el pigmento poco a poco, y con los años, finalmente, lo elimina por completo”.

“¿Microblading o micropigmentación?”

A esas alturas me estaba quedando sin argumentos para no atreverme, así que lancé la gran duda: ¿Microblading o micropigmentación? “La diferencia —explica— es que la micropigmentación se trabaja con una máquina parecida a la de un tatuaje, pero el pigmento se deposita en una capa mucho más superficial, por eso no es permanente. El microblading, en cambio, se hace con una especie de lápiz con una pequeña aguja fija, y con pequeños arañazos se crean los trazos. La micropigmentación es más versátil y se adapta a todo tipo de pieles, permitiendo hacer difuminados o ‘pelo a pelo’. En cambio, el microblading solo permite esta última técnica, y está más pensado para pieles finas, secas y con el pelo distribuido de manera uniforme. En cuanto a la naturalidad, ambas pueden quedar muy bien si están bien hechas”.

“¿Y, la micropigmentación, daña el pelo natural?”

“Para nada. De hecho, al crearse una micro herida muy superficial el cuerpo la cura enviando plaquetas a la zona, lo que incluso puede estimular el crecimiento del vello si el folículo está vivo. Muchas personas me dicen: ‘Qué casualidad, desde que me lo hice me crece más pelo’, y no lo es. Solo podría dañarlo si se trabaja con demasiada fuerza y se genera cicatriz”. Esta última respuesta había terminado de convencerme. Estaba decidida: iba a hacerlo, solo quedaba elegir la técnica. “Entre pelo a pelo y difuminado —me explicó Aránguez—, depende del tipo de piel. Para alopecias, pelo desigual o piel mixta, grasa o gruesa, el difuminado es ideal porque rellena mejor la ceja. Con el pelo a pelo en esos casos no puedes juntar demasiado los trazos y con el tiempo la definición se pierde, formando un bloque. Por eso hay que pensar a largo plazo. En tu caso, por tu tipo de piel, el difuminado es la opción más recomendable”.

Dicho y hecho: confié y acerté, y debo reconocer que estoy encantada. No solo porque ahora, cuando me veo al espejo, el reflejo me devuelve unas cejas definidas y ultra naturales, también porque tengo seis minutos más cada mañana para posponer la alarma, tomarme un cappuccino o, simplemente, quedarme mirando al techo sin hacer absolutamente nada. Seis minutos que antes dedicaba a esculpir, trazo a trazo, unas cejas que ya no necesitan mi pulso de cirujana para estar en su sitio, incluso después del gimnasio, de la playa o de una siesta. Y aunque al principio me dio vértigo pensar que algo “tatuado” en mi cara pudiera parecer artificial, hoy solo puedo decir que ha sido una de las mejores decisiones estéticas (y prácticas) que he tomado.

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